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El Alto, el territorio eterno de los k’arapampeos

Cuando uno mira el origen de El Alto, indirectamente evoca a la inmensa pampa que debió ser: con su paja brava, con sus montoneras de piedras, con sus ríos, con sus sembradíos, con sus propias ayllus y estancias y siempre vigilados por sus achachilas: El Chacaltaya y el Huayna Potosí.

Las huellas de esas pampas, a decir de Juan Arbona, eran habitadas por los ayllus de Cupilupaca, Checalupaca, Chinchalla y Pucarani. Y más tarde, resultado de la exvinculación de tierras, ocupadas por las haciendas de: Collpani, Charapaqui, Villandrani, Hichucirca (Jichu-Circa), Tacachira, Ocomisto (Hoko-Misto), Alpacoma, Seq’e, Milluni, Ingenio, Poma-Amaya, Yunguyo, Mercenarios, y San Roque.

Con los años transitados, pos revolución del 52, esa pampa se ha atrevido a convocar a las gentes de otras pampas, de la cordillera, de los valles e incluso del oriente del país. Pues no es casual encontrar en la reconfiguración de los barrios, lazos de parentesco y de identidades cercanas y lejanas.

Esa pampa pensada para el descanso y para vislumbrar la gran ciudad de La Paz se ha transformado. Es la pampa tomada, posicionada y apropiada por cerca de un millón de gentes, que le han dotado de identidad y de vida propia, distinta a otras ciudades. Por tanto, El Alto como pampa urbana es altamente creativo e innovador.

El Alto, hoy ya no es la misma, porque alberga a toda las expresiones de la modernidad; pero al mismo tiempo se sigue resistiendo a ser plenamente transformada. Quizás la expresión más visible de esta relación sea la tradicional Feria de la 16 de Julio, donde todos los jueves y domingos se muestra al mundo entero, como el evento más relevante de K’arapampeismo.

Desde éste lugarcito andino, se evoca a la memoria colectiva, a la posibilidad del k’arapampeo urbano, que invita al paseo, al encuentro y desencuentro con lo conocido y lo desconocido, para darse unas largas caminatas, para mirar, saludar, preguntar, escuchar o para simplemente caer en la tentación del consumo.

El hecho de k’arapampear por la 16, es todo un rito. Hay gentes en El Alto que salen exclusivamente para eso. Hay otros que incluso hacen largas colas por atreverse a entrar a ese lugar mágico, y si no me creen pregúntenles a las gentes de La Paz que ingresan por medio de la autopista y por el teleférico rojo.

En consecuencia, el k’arapampeo es generalizado en El Alto. En los barrios, las gentes van recreando otras 16s, más chiquitas, más intimas; pero con la misma lógica, con el ajayu de la tradicional feria mayor.

En estos tiempos modernos, se k’arapampea en los trámites burocráticos, en la espera del transporte público, en el paso de la morenada que copan las calles en las fiestas barriales, en los desfiles escolares y en las grandes jornadas de protesta.

El Alto de ayer y de hoy, es el territorio eterno de los grandes k’arapampeos.

 

Acerca de Marco Alberto Quispe Villca

Periodista y miembro del Colectivo Jach'as

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