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Jach’a Marka: Modelo 2015

El Alto pos Octubre de 2003, ha cambiado. Este lugarcito mágico ubicado en la cima de Chuquiago Marka, ya no es de paso. Con los años, la gente, por convicción propia, ha decidido quedarse para vivirse en ésta pampa urbana. La población alteña fácilmente bordea el millón de habitantes, pues no siempre el censo dice toda la verdad.

Desde El Alto, se sigue proyectando modos de convivencia. Cada distrito, cada barrio, cada manzano, cada calle se va transformando. La Ceja, el centro forzado de la ciudad, se mueve como nunca, de día y de noche. A la par, emergen una multitud de centros urbanos más allá de la Ceja.

Cruce Villa Adela mqAnte la custodia de la montaña: del Huayna Potosí y El Chacaltaya, la tierra de los Jach’as se sigue mostrando al mundo como una ciudad diferente, creativa y trabajadora, con mucha energía que hace posible alcanzar los sueños y las utopías.

La feria de la 16 de Julio sigue siendo el escenario más visible de El Alto, el más provocador que tienta a propios y extraños a recorrer con plata o sin plata cada rincón de sus calles; pues seguro es, que ahí, uno encuentra lo nuevo, lo barato, lo desconocido o simplemente lo perdido.

El shopping alteño es la mayor atracción de Bolivia y quizá de Latinoamérica que hace posible reconocer e identificar a la diversidad de trabajadores por cuenta propia que habitan El Alto. Pues ahí uno se encuentra con la mayor reserva de creatividad y talento.

Resultado de su propio trabajo, los alteños transforman sus casas, sus edificios y los pintan parecida a la mismísima ropa de cholita. Basta darse una vuelta por El Alto, para ver sus nuevas residencias vestidas de mantas, polleras, topos y aguayos.

Los miedos al mundo global se han caído de a poquito, la sede de CBA alteño, es el más concurrido, pues muchos quieren hablar ingles. La gente viaja como sin nada a China, Brasil, Argentina, Estados Unidos o Europa. Las nuevas ofertas de servicios de internet colapsan, pues los llok’allas chatean a cada rato. Los albacos, serruchos, lustracachos y ramas anexas están conectados vía celulares con el mundo.

Ante la ausencia de árboles y jardines, los alteños siembran pasto sintético. En horas picos, es decir bien temprano y bien tarde, los changos desesperados, saltan a esas canchas para jugar siete partidos de fútbol al mismo tiempo, pues no hay hora libre, los choferes sindicalizados son los grandes acaparadores del momento. Lo que significa que la plata y sindicato sigue mandando.

Entre los meses de julio y agosto, las bandas estudiantiles son la sensación del momento, pareciera ser la excusa del año, para atreverse a tocar morenadas, cumbias, rock cual si fueran jornadas de retretas. Ante esos sonidos de los lata phusañas alteños quedan chiquitos la Intercontinental Poopo y la Pagador.

En la misma lógica, los violines y los chelos empiezan a sonar como nunca. Los conciertos de Pachelbel, Mozart, Bach, Vivaldi, Tchaikovsky y otros son interpretados en las plazas, calles y en los pocos teatros existentes. Los padres aymaras alucinan con la música que son interpretados por sus hijos, quienes acompañan cargados sus q’epis llenos apthapis.

En los barrios más alejados, los fines de semana, a eso de las tres de la mañana; aún se sigue escuchando el sonido de las zampoñas, bombos y tambores. Ese huayño bailado por las calles por familias diferentes, anuncia el robo oculto pero aprobado de la novia. El irpaka en El Alto aún sigue vivo.

En las urbanizaciones creadas al mismo estilo de los campamentos mineros y de las comunidades campesinas se viven las fiestas a plenitud. Ahí las orquestas, las bandas rockeras, los chicos que cantan hip hop, los mariachis y los kantus se juntan para rendirle tributo al barrio.

En éste territorio la pampa se transforma, se construyen avenidas anchas, plazas más agradables como la de Villa Adela, espacios públicos como el coliseo, la piscina semi-olímpica, el estadio que esperan ser utilizados a plenitud y los sueños de volar por teleférico y los sariris.

Pero estas sensaciones de alegrías, conviven con broncas contenidas, los grandes cambios no se sienten plenamente, hay todavía una montonera de tareas pendientes. Las y los alteños históricamente siempre se han sentido desprotegido por el Estado. Nunca se sabe los momentos en que El Alto se atreva a gritarle al mundo su descontento. Esta contradicción esta latente.

En síntesis, El Alto expresa en su cotidianidad sus propios mensajes que invitan a escritores, músicos, poetas y filósofos de la vida a re-crear versos y latidos de una ciudad que vive su propio proceso de cambio, más allá del slogan político, propio de las grandes esferas del poder indígena.

Acerca de Marco Alberto Quispe Villca

Periodista y miembro del Colectivo Jach'as

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