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Circunstancias: De visita a un Cholet

Llueve con intensidad. Estoy en el lugar que se conoce como Los pescados. Es el barrio Los Andes, El Alto, junto a la avenida Juan Pablo II. Me pregunto si se suspenderá la cita. En la esquina hay un mercado pequeño de pescado de todas las clases y tamaños, también un variado menú, pese a la lluvia, una carpa azul está llena de comensales, se sirven wallaqi, sopa de pescado.

De este punto me recogerán para conocer lo que se llama un Cholet, estilo arquitectónico y decorativo del reconocido arquitecto Freddy Mamani. Recientemente se estrenó una película en el Festival de Cine de arquitectura de Rotterdam, Holanda: “CHOLET the work of Freddy Mamani” basada en sus creaciones.

El auto se estaciona en una sencilla calle no lejos del mercado, puedo reconocer la vivienda, tiene varios pisos, fachada colorida, es un Cholet. Llegan otros invitados, hay una colección de autos en la calle, me dicen que no seré el único que hará un reconocimiento de la casa. Una señora, dice: “Deben apurarse en abrir las puertas, pues las chicas deben cambiarse”

El ingreso al Cholet es por unas gradas que suben a un primer piso. Una señora, imagino la administradora, nos recalca limpiarnos los calzados antes de entrar, luego ella desapareció. Del clima frío y pálido pasamos a un ambiente cálido. Es un salón de dos niveles iluminado de grandes lámparas colgantes, todo el salón reluce por su color: verde amarillo, naranjas y cremas. Molduras, frisos, recuadros, esquinas, el techo, columnas, ribetes; todo es color. Los mínimos espacios están pintados con finura. La prensa internacional lo menciona como la neoarquitectura andina. El sitio transmite fiesta.

Grandes espejos replican los colores de todos los lados. Es difícil estar indiferente al color de las superficies y volúmenes del salón. Residuos de mixtura blanca todavía se ven en algunos lugares, la huella de una fiesta pasada. El lugar tiene el sello de los Cholets de Freddy Mamani, inconfundible.

Más color. Del extremo del salón salen cholitas en traje de gala, azul, amarillo, verde, negro, blanco. Ostentan la belleza de la mujer andina y chola. Es la chola urbana y contemporánea, iniciarán una sesión fotográfica en el ambiente del salón. Tienen la ropa de colores intensos en contraste armónico, las trenzas y su tullma, manta de largos flecos, pollera y zapatillas.

La directora del evento se me acerca y me advierte que no puedo sacar fotos, que ellos trabajan para una publicación fotográfica privada. Pido disculpas. Pienso que sí, están en su derecho, es un evento privado, estoy allí para disfrutar de la arquitectura del Cholet.

En una esquina dos mujeres jóvenes instalan en una mesa la exposición y promoción de unas galletas, se ven empaques y quinua natural en una olla de barro. Las propietarias y emprendedoras me invitan a degustarlos, las galletas tienen forma de cruz andina, son sabrosas. Ellas olvidaron su cámara fotográfica, me piden el favor de sacarle fotos a las galletas con el contexto del salón, accedo gustoso, aprovecho la excusa para permanecer en el lugar.

Las cholitas roban la atención de todos, presurosas acuden a los espejos gigantes para darse los últimos toques en su maquillaje. Se toman las primeras selfies. Preparan el equipo fotográfico. Las cholitas se hacen ajustes en su ropa unas a otras, ensayan las poses, el recorrido, prueban la inclinación de los sombreros en sus cabezas. La directora y su ayudante son líderes, gritan y mandan para organizar la sesión de imagenes.
Interviene el fotógrafo oficial, es extranjero, alto y pelón, acento francés, mueve sus brazos distribuyendo los espacios donde se tomarán las fotos. Se ensaya: mano en la cadera, en torsión, levantando la manta, caminando, juntas, separadas. Las cholitas son profesionales para las fotos, no hay repeticiones, todo se ha entendido. El fotógrafo es contorsionista y cuando puede se tiende en el piso, boca arriba o boca abajo. Su chaleco descansa detrás, gran equipo, es un arsenal de lentes y baterías y objetos que no conozco.

Descanso. Otra vez las selfies. Una de las cholitas es la gracia del grupo, ironiza, hace para su amiga la pose de un personaje de lucha libre y en otro momento la de un rockero, disfruta en medio de su trabajo. Las galletas son de quinua, cañahua, y cebada, los prueban en ese intermedio, algunas se acercan a las creadoras para preguntar cómo se les ocurrió aquella delicia de galleta.

Suenan celulares, hay una breve inquietud en el ambiente. Alguien indica que la visita de la diplomática ya está en la puerta. Ingresa una señora rubia y delgada acompañada de su guardaespaldas. Saluda sonriendo, abraza a varias personas, se queja del tráfico en el Alto, luego reconoce a las cholitas y las saluda como si fuera una tía que encuentra a sus sobrinas. Pide sacarse una foto con el grupo e invita a que la visiten en los eventos de la Embajada de Brasil

También allí está una periodista norteamericana, a ella le interesa todo, grabadora, bolígrafo y libreta en mano entrevista a las cholitas, a las fabricantes de galletas y espera ansiosa al autor del Cholet. Escucho, tiene contexto, pregunta asuntos que el común de la gente los pasaría desapercibidos.

Anuncian. Vuelve la sesión de fotos. Las cholitas deben bailar, tararean una morenada. Las polleras semejan sombrillas coloridas que giran. La directora les pide que sonrían. Hay combinación de sombreros, las modelos tienen un cajón de sombreros de color para cambiarlos, sombrero rosa, café, blanco, rojo y otros.

La periodista pregunta si puede conversar acerca de las joyas que llevan puestas las cholitas, le dicen que sí, le explican el arte de la joyería chola. Se me acerca la directora del evento, temo que esta vez me diga que abandone el lugar, me dice que puedo sacar fotos con la condición de publicarlas de aquí a un mes. Quizá le di lástima. Le agradezco el gesto.

La directora se acerca a la mesa de las emprendedoras, le gustaron las galletas, rápido llama a los modelos para posar con las galletas, ahora hacen fotografía con los productos. Ellas se sienten contentas por la iniciativa: galletas andinas, cholitas y cholet.
Termina la sesión y continúan las selfies, las fotos circunstanciales, las que subirán al facebook. Las cholitas son las estrellas en día nublado, son coquetería pura. Si ellas cautivan, el fotógrafo también, es otro personaje, por su físico, sus gestos y su modo de trabajo. Las cholitas le piden al fotógrafo posar con ellas, él se cubre la mitad de su rostro con su pañoleta, me recuerda un personaje de Mad Max. El fotógrafo y las modelos intercambian admiraciones, datos y tarjetas.

Instruyen cambiarse y recoger los accesorios. El fotógrafo guarda su equipo, me dice que soy un colega respetuoso, le digo que saco fotos pero no soy del oficio, me responde que no hay problema. Es medio día, reparten unos plátanos, están ricos y fríos por la temperatura de afuera, los compraron ese momento. Le comunican a la periodista que por unos contratiempos no podrá llegar el autor del Cholet.

De las ventanas del edificio puedo ver los techos de las casas de una parte del barrio, una grande y sofisticada antena de comunicación, más allá la torre verde y espigada de una iglesia. Termina el evento. Mis ojos están cansados por la vibración de tanto color y, tal vez, de tanta circunstancia inesperada. Ahora, me apetece disfrutar del menú de pescado de la zona Los Andes.

La visita al Cholet fue posible gracias al periodista Marco Quispe

Acerca de Jhonny Gonzalo Llanos Cardenas

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